Génesis de las artes marciales en Cuba:

Las raíces invisibles antes de 1959
Parte #1

La historia de las artes marciales en Cuba anterior a 1959 ha sido, con demasiada frecuencia, subestimada, fragmentada o relegada a menciones marginales. En buena parte del discurso contemporáneo persiste una narrativa simplificada que privilegia mitologías oportunistas por encima de un examen crítico y documentado. No obstante, el origen real de estas prácticas en la isla se inscribe en un proceso mucho más amplio y complejo.

Su articulación dentro de un entramado de migraciones, intercambios culturales, necesidades de autodefensa y formas de sincretismo corporal cristalizó en un desarrollo silencioso que ha continuado ininterrumpido durante más de un siglo.

Lejos de ser un fenómeno tardío o improvisado, las artes marciales en Cuba germinaron gracias a la influencia directa de comunidades migrantes —especialmente la china y la japonesa— y de maestros itinerantes que, desde inicios del siglo XX, injertaron sus saberes en el tejido social cubano. Aunque estas prácticas carecieron de una estructura nacional formal, establecieron los cimientos técnicos, filosóficos y éticos que permitirían la posterior consolidación del judo, el jujutsu, el karate y el kung fu en la etapa revolucionaria. Ignorar este período no es un acto de prudencia historiográfica, sino una renuncia a la comprensión profunda de la tradición marcial cubana.

Artes marciales, migración y cultura corporal

Antes de 1959, las artes marciales en Cuba no formaban parte de un sistema deportivo oficial. Su desarrollo fue orgánico, disperso y profundamente humano. Surgieron como respuesta a necesidades concretas: la autodefensa en un entorno urbano violento, el espectáculo público como medio de subsistencia, la cohesión comunitaria frente a la discriminación y la afirmación identitaria en un país atravesado por desigualdades raciales y sociales.

En este contexto, las artes marciales se convirtieron en un espacio de diálogo entre Oriente y el Caribe. La fascinación popular por lo extranjero, combinada con la urgencia de sobrevivir en un ambiente hostil, generó un terreno fértil para la adopción y adaptación de técnicas orientales. Estas prácticas no fueron una importación artificial, sino parte de un proceso de intercambio cultural continuo, discreto y profundamente corporal.

La huella japonesa:
Mitsuyo Maeda y el Jiu-Jitsu (1908–1921)

El primer contacto documentado entre Cuba y un arte marcial japonés organizado se produjo gracias a Mitsuyo Maeda (1878–1941), figura clave en la expansión internacional del Judo Kodokan. Graduado del Kodokan y enviado por Jigoro Kano para promover el judo en el extranjero, Maeda arribó a La Habana el 14 de diciembre de 1908.

Su primera exhibición pública, realizada en el Teatro Payret, fue reseñada ampliamente por la prensa. El periódico El Mundo publicó el 21 de diciembre de 1908 una fotografía de Maeda junto a su discípulo cubano, Miranda, durante una demostración. La revista Fígaro, en enero de 1909, dedicó espacio a su trayectoria, mientras que el intelectual Fernando Ortiz calificó sus presentaciones como uno de los mayores éxitos deportivos de la época.

Entre 1910 y 1912, Maeda regresó a Cuba para impartir clases en instituciones como el Casino Español de La Habana y participar en combates de alto perfil, incluyendo enfrentamientos con el boxeador Jack Connell. Durante estas estancias, formó a figuras locales como Miguel Ángel Febles y el cubano-chino Chu Aranguren.

El 24 de febrero de 1912 se celebró en la Exposición Nacional de la Agricultura el primer torneo oficial de judo/jujutsu entre cubanos, donde Benjamín González obtuvo el título. Aunque su labor no estuvo institucionalizada, Maeda introdujo una visión racional del combate, orientada a la defensa personal y al formato de “vale todo”, cuyo impacto perduró mucho más allá de su última visita en 1921.

La migración china y la preservación del Kung Fu tradicional

Entre 1847 y 1874, más de 150,000 chinos llegaron a Cuba bajo contratos de semiesclavitud. Frente a la explotación, las comunidades chinas preservaron sus prácticas culturales como forma de resistencia y cohesión. En el Barrio Chino de La Habana, asociaciones como Ming Ching Tang y Hai Yut Wui se convirtieron en espacios de transmisión del Kung Fu tradicional, enseñado de manera rigurosa pero discreta.

En la década de 1930, mientras en zonas rurales se consolidaba la Lucha Criolla —resultado del cruce entre tradiciones africanas, españolas y autóctonas—, en la capital se enseñaban estilos sureños como el Hung Gar, impartidos por maestros como Lee Choi y Lee Wu. En los años cuarenta, el maestro Wong Kei destacó como figura central en la enseñanza de estilos como el Nan Pai.

Su discípulo más influyente, Rufino Alay Chang, nacido en Cuba de padres chinos, rompió barreras raciales al abrir la enseñanza del Kung Fu a practicantes no chinos. Entre sus alumnos se encontraban Agustín y Raúl Rizo, quienes más tarde serían pilares del karate cubano. Bajo el pseudónimo de “Arturo”, Alay vinculó sus conocimientos marciales a la lucha clandestina, recibiendo posteriormente reconocimientos oficiales por su contribución a la defensa nacional.

Diversificación y transición hacia la modernidad

Durante los años cincuenta, la influencia japonesa se renovó con la llegada del karate —particularmente el estilo Wado Ryu— a gimnasios privados de La Habana. Paralelamente, los grupos formados por discípulos de Rufino Alay comenzaron a experimentar con una práctica híbrida que combinaba elementos de Kung Fu, Karate, Jiu-Jitsu y Judo.

Aunque estas actividades operaban de manera fragmentada y comercial, su vitalidad técnica era notable. Tras el triunfo de la Revolución en 1959, este capital marcial acumulado en la sombra se integró rápidamente a los programas de defensa nacional. Expertos formados por Alay participaron en unidades especiales como el batallón José Wong, organizado dentro de la colonia china.

Este proceso demuestra que las artes marciales en Cuba no fueron una creación espontánea del nuevo orden político, sino un patrimonio construido silenciosamente durante décadas.

El período preinstitucional de las artes marciales en Cuba constituye el cimiento técnico, filosófico y humano sobre el cual se erige la práctica contemporánea. La tradición marcial cubana es el resultado de un encuentro profundo entre Oriente y el Caribe, un mosaico cultural vigoroso que, aunque invisible para muchos, forma parte esencial de la memoria histórica de la nación.

Reconocer estas raíces no solo enriquece la historiografía, sino que reivindica a las comunidades y maestros que, desde la marginalidad y el anonimato, sembraron las bases de un legado que hoy forma parte del patrimonio cultural cubano.

Fuentes y referencias documentales

Prensa histórica (1900–1950):

• El Mundo (1908): reportajes y fotografías de las exhibiciones de Maeda.
• Fígaro (1909): crónicas sobre la vida y trayectoria del maestro japonés.
• El Atlético (1910)

Nota: Gracias a Ernesto Camilo Hechavarria Reyna por esta recopilacion historica).


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